El nombre más engañoso del Vaticano pertenece a un archivo abierto a los investigadores desde hace bastante más de un siglo.
“Secreto” no significa lo que parece
El nombre proviene del latín archivum secretum, más cercano en su sentido original a “privado” o “personal” — el archivo particular del papa, frente al material conservado públicamente — que a algo clasificado. Es uno de tantos “misterios” vaticanos que resultan estar bien documentados; en 2019, el papa Francisco lo rebautizó Archivo Apostólico Vaticano precisamente para acabar con la confusión.
Lo que contiene de verdad
La colección abarca más de mil años y unos 85 kilómetros lineales de estanterías, con correspondencia, bulas papales y documentos administrativos — entre las piezas más célebres halladas por los investigadores: documentos del proceso de Galileo, y la petición de Enrique VIII de anulación de su matrimonio, con los sellos de cera de los pares ingleses que la respaldaban.
Entrar no es fácil, pero no es un secreto
Los investigadores cualificados — por lo general académicos de posgrado con un proyecto concreto — pueden solicitar un pase para la sala de lectura, un sistema vigente desde que el papa León XIII abrió el archivo a los historiadores en 1881; no hay acceso público sin cita, pero se trata de un trámite de solicitud, no de un muro.